La perdí
Me eduqué en la fe, como tantos. Y la perdí sin darme cuenta. Murieron mis abuelos y en casa ya no quedó nadie que pusiera orden, ni en la tierra ni en el cielo. Con ellos se fue la familia; después, la fe; y al final, la identidad.
La busqué en muchos sitios
Pasé veinticinco años trabajando en la noche, en Asia, Europa, África y América. Allí la busqué en todo menos en ella.
Me ordené monje budista unos días: túnica azafrán, cabeza afeitada, mendigando la comida. Recé a Ganesha, a Buda, a Garuda. Aprendí sánscrito para anestesiar lo que llevaba dentro. Probé el reiki, el kundalini, la ayahuasca, las respiraciones, las activaciones energéticas. Creí en el karma, en que todo vuelve.
Me sonaba profundo. Me dejaba igual. Me hizo mediocre: si todo se equilibra solo, nada te exige nada.
Estaba donde siempre.
La encontré donde siempre estuvo
En la Semana Santa de 2025, de vuelta en España, me crucé con la procesión de Nuestro Padre Jesús Nazareno. El silencio, la solemnidad, el respeto. Una historia que era mía y que yo había cambiado por cosas que nunca lo fueron. Aquello me rompió por dentro.
En pocas semanas volví a la Iglesia. Y la encontré donde siempre había estado: en la misa, en las mismas palabras, en una verdad que llevaba décadas ahogando.
Hoy me santiguo al despertar y doy gracias por el día. Bendigo a mi hija antes de salir de casa y antes de dormir. Bendecimos la mesa. Rezo el rosario cada día. Llevo meses en paz, y por fin sé para qué estoy aquí.
Para los que vienen detrás
NON TEPIDUS existe por los que vienen detrás: los que llevan años sin pisar una iglesia y no saben cómo volver. No vengo a darte lecciones. Vengo a contarte por qué volví.
— Carlos Barón Llinares